- ¿Quieres hablar más bajo? Nos van a oír.
- Pero si no hay más que… babosas asquerosas en este templo. ¡Puaj! Me acabo de manchar entera.
- Hay muchas fuerzas que no conoces en este templo. Ysera en persona lo condenó bajo las aguas hace muchos años, antes de que tú llegaras a este mundo. Deberías hacer caso al druida y hablar más bajo, a las fuerzas malignas suelen atraerles las voces chillonas.
- ¡No tengo la voz chillona!
- ¡Ssshhh! ¡Silencio he dicho!
La espada refulgente del caballero de la muerte desvela paredes cubiertas de moho que se iluminan ante sus runas, aquí y allá aparece una plateada tela de araña, y de vez en cuando nos encontramos con un grupo de criaturas malditas: cresas parecidas a las que vi en las Tierras de la Peste y grandes gigantes fúngicos, hostiles rondadores de lo profundo que apestan a agua podrida.
- Qué asco. ¿Qué es este lugar?
- Es un templo – contesta el druida con su habitual buen humor. El trabajo de arañar los traseros de los gigantes fúngicos no le ha restado ni un centímetro de longitud a su sonrisa gatuna.
- Sé que es un templo. Lo que quiero decir es, ¿por qué fue erigido, y qué hemos venido a hacer aquí? ¿Por qué Ysera lo hundió bajo el pantano?
- Hace mucho tiempo – dice el druida – Ysera y los de su Vuelo tuvieron la certeza de que éste sería el lugar en el que volvería a la vida Hakkar, el Dios de la Sangre. Se cree que Hakkar es un esbirro de los Antiguos Dioses que dominaban Azeroth antes de los titanes, si no un Dios antiguo en sí mismo. Como Ysera es una fiel serviente de Eonar, de acuerdo con la misión que le fue encomendada de proteger la vida y el orden establecido en Azeroth por los titanes, envió a su propio consorte a hundir esta zona y evitar la venida de Hakkar. Sin embargo, muchos de los del linaje de Ysera cayeron en una pesadilla sin sueños, aquí mismo. Se volvieron locos. Y por eso este lugar está maldito.
- Pone los pelos de punta. ¿Qué fue de Hakkar?
- No hace mucho tiempo volvió a la vida y fue derrotado por uno de los de tu raza.
El druida me sonríe con cariño, como nostálgico, y le devuelvo la sonrisa. El caballero de la muerte permanece serio y atento a su alrededor, como expectante. Damos muerte a unas pocas criaturas de moho más y bajamos unas escaleras.
- Silencio ahora, – advierte Ragingblade – oigo un murmullo.
Un grupo de trols, nomuertos y vivos, se encuentra haciendo un ritual. Nadie me había comentado que este lugar estaba poblado, aunque no sé por qué, de alguna forma me lo esperaba. Intentamos pasar desapercibidos pasando pegados a una pared. El moho se me adhiere a la capa y al cabello.
Los trols oyen un ruido y se giran en nuestra dirección. Ragingblade se prepara para atacar: asesta un golpe con formidable fuerza a uno de los trols y lo lanza hacia la otra parte de la habitación, partido en dos. El resto de trols empieza a congelarse con su sola presencia. Gritan. Enloquecen. Mueren. El tauren se sacude la capa con tranquilidad, como si sólo fuera un calentamiento.
- Sigamos – dice con voz fría. Y pienso que algún día seré como él, pero sin lo de estar muerto.
Vamos descubriendo habitación tras habitación. El templo es un laberinto lleno de largos corredores donde se ocultan trols malditos y sirvientes plagados. No tenía ni idea de que la Plaga hubiera llegado hasta aquí.
- La magia vudú es más sombría y profunda de lo que tú crees, – dice Ragingblade, como leyéndome el pensamiento – éstos no son tus sacerdotes. Sirven a un dios oscuro y malvado, no encontrarás fieles a tu fe aquí. Sus esbirros no son de la Plaga, son zombies. Utilizan a sus propios muertos como ejército.
- Y por la pinta que tiene ese zombie, diría que antes de levantarlo se lo habían comido – señalo a un zombie cercano, que tiene un brazo carcomido.
- Es la gastronomía trol – contesta el druida en uno de sus habituales chascarrillos. Ragingblade hace una mueca. ¡Se ha reído!
Seguimos bajando hasta llegar a una oscura cámara llena de trols. Un sacerdote oficia un extraño culto en Zandali, de espaldas a sus fieles. Viste una toga larga y camina encorvado, y domina la oratoria con tal maestría que, a pesar de no entender su idioma, me paraliza. Me siento extrasiada. Veo que el druida se ha separado de mí y que se dispone a atacarle desde las sombras.
En el momento cumbre del culto el sacerdote se gira a su público haciendo aspavientos. Y su mirada se para en mí.
Me he quedado como un pasmarote en mitad de la sala. ¡Estoy perdida!
El sacerdote grita, pero mi amigo el druida es capaz de asestarle un feroz zarpazo y dejarlo seriamente herido. Ragingblade, corriendo desde el otro lado, hace que el suelo sangre, hace enfermar a los trols sanos y esclaviza a los zombies. Levanta a los feligreses muertos en un ejército de necrófagos que siembra el caos en la sala. Todos ellos se precipitan hacia el sacerdote, que chilla de dolor ante los garrazos de mi felino amigo. Jamás había visto luchar al druida, y me sorprende su habilidad.
- ¿Quiénes sois? ¿Qué… qué queréis? – dice asustado el viejo sacerdote, al borde de la muerte.
- Mhackezas de Lunargenta te manda recuerdos, Jammal’an. ¿Creías que después de tantos años no se acordaría de lo que le hiciste? – contesta Ragingblade, mientras congela al encorvado trol – La venganza es un plato que se sirve frío.
Algo se apodera de mí, que hasta ese momento había estado quieta en mitad de la sala. Me dirijo hacia el druida con la maza en la mano, dispuesta a asestarle un golpe mortal. No soy dueña de mis actos, sólo siento una rabia inmensa, y golpeo a mi amigo el druida en el lomo. En el nombre de la Luz.
- El… tótem… – dice el druida, encogido por el dolor.
Ragingblade destruye el tótem y rompe de un espadazo el cráneo del sacerdote. Los necrófagos se desvanecen. El control mental sobre mí desaparece.
- Por amor de Ysera, – dice el druida – no sabía que tuvieras tanta fuerza. Me sorprendes. – Le pongo mis manos para curarle y él entona unos cuantos cánticos para sanarse.
- Lo siento. No… no era yo.
- Cosas peores se han hecho en el nombre de la Luz. Por eso me hice druida. – Contesta mi amigo. – ¿Estás bien?
- No. Estoy… mareada. – Y caigo al suelo.
Ragingblade me ayuda a levantarme. Es muy alto y no puedo apoyarme en él, así que deciden que el druida me llevará en el lomo el resto del camino.
- ¿Quién era el sacerdote? – pregunto.
- Era un trol malvado. Le hizo daño a muchas personas, entre ellas a un amigo mío y de mi compañero el druida. – contesta Ragingblade – Pero ahora calla, la magia vudú de ese sacerdote te ha afectado, será mejor que descanses, aún nos queda mucho templo por descubrir.
En uno de los pasillos encontramos cientos de dragones verdes. ¿Acaso no eran los dragones del linaje de Ysera amigos de todas las criaturas vivientes? Sí, mas aquellos dragones estaban hechizados, como viviendo una pesadilla constante. Cuando nos acercábamos, nos atacaban con fiereza, y mis amigos tenían que matarlos para poder avanzar por las amplias estancias.
- Itharius, viejo amigo, ayúdame… – oigo en un susurro.
- Debo estar delirando, – comento – estoy oyendo voces dentro de mi cabeza.
- No me ha gustado nada lo que ha sucedido ahí arriba, Elmeryn, – dice Ragingblade – tienes mal aspecto.
Ya tengo que estar mal para que eso me lo diga un nomuerto. Pasamos por una amplia estancia y allí se encuentra, dormido, un enorme dragón. Tiene el porte elegante de los grandes dracos, y me recuerda a los dibujos que me enseñaba mi hermana en sus libros de Dalaran: el de la gran Alexstrasza, o el del magnífico Malygos. Ragingblade se acerca al dragón con cautela, como esperando que éste no le ataque, mas despierta de su sueño y le ataca ferozmente. Ragingblade utiliza sus poderes de la Plaga para infectar al dragón de sus enfermedades, pero parece que no le afectan. Finalmente, tras una lucha de varios minutos, la bestia es vencida.
- Nunca me gustó luchar contra dragones – dice Ragingblade – hasta los miembros del malvado Vuelo Negro que conocí en Filoespada tienen dignidad. Y además son inmunes a mis artes. Elmeryn, ¿estás bien? ¿Qué tienes ahí?
Abro la mano y enseño una cajita de color verde. Es bonita, como de piedra, y refulge en un suave color verde. Me estoy dando cuenta de que el veneno del dragón me ha afectado seriamente. Me siento mal.
- Itharius… – digo – hay que encontrar a Itharius.
Comentarios recientes