El mar está quieto y la luna es un galeón fantasmal que navega por el cielo, y miro las estrellas por un pequeño agujero que asoma al exterior. Se cuela el aire salino y oigo algo de jaleo en la cubierta. Están de fiesta, y probablemente haya alcohol. Ojalá pudiera tener algo de vino del viejo Toquesol. Ojalá estuviera en casa.
El ventanuco que da al cielo es demasiado pequeño para salir y veo que la puerta está bien atrancada. Me duele la cabeza y tengo un chichón enorme, producto de un golpe bastante contundente, el mismo golpe que me dieron para conseguir traerme al barco, inconsciente. De pronto, la puerta se abre.
- Saludos, elfa. – me habla un viejo marinero que huele fuertemente a alcohol y a humanidad. ¡Cómo apestan estos humanos! – Me alegra ver que te has despertado. Has estado durmiendo una siesta de una semana, pero al fin estás despierta. ¡Bien!
El viejo marinero me toca la cara con codicia y le escupo a la cara.
- Oye elfita, no hace falta que seas maleducada, sobre todo teniendo en cuenta que estás desarmada y que yo – el viejo pirata desenvaina una espada – voy bien armado. Así que será mejor que te portes bien, o acabaré pensando que dormida estabas más guapa. O mejor, siempre puedo propinarte un buen tratamiento de belleza a base de golpes, jajaja.
Los piratas que acompañan al viejo ríen ruidosamente.
- A ver niña, pórtate bien, que no quiero pegarte. Si te pego, no estarás guapa, y si no estás guapa no te comprarán, así que…
- ¡Comprarme! – me escandalizo.
- Así es, querida. ¡Una elfa con afinidad arcana! Una mercancía preciada, todos los piratas querrán comprarte y aprender las artes de la magia. ¡Imagínate! Abres un portal a Dalaran, robas unas cuantas baratijas para vender en Gadgetzan, y además enseñas a tus dueños a usar la magia para el contrabando. ¡Y yo me haré rico! Vamos chicos, sigamos festejando. ¡Eh, tú, Jemmy la Dulce! ¡Vigila a nuestra invitada, jajaja!
Así que piensan que soy maga. Bien.
La chica que está vigilándome silba una canción pirata mientras hace la guardia, sentada en el suelo a escasos metros de mí. Oigo los festejos de arriba, están contentos porque han conseguido el que probablemente sea el golpe de sus vidas. A las pocas horas el ruido se va calmando, mis captores duermen. Todos duermen, menos la chica.
Irrumpe en la habitación un pirata alto, moreno y tostado por el sol.
- ¡Deprisa! – dice – ¡Desátale los pies y llévatela! ¡Y llévate también su arma, esa maza debe valer mil monedas de oro!
¡Mi maza! ¡El chico tiene la maza!
- Pero mi amor – dice ella – si me fugo contigo, sabes que mi padre te matará. Removerá cielo y tierra hasta dar conmigo, y luego acabará contigo.
- No te preocupes, mi amor. Nos encontraremos en la playa, al sur, junto a los restos del barco encallado. Espérame a la luz de la luna, no enciendas hogueras, o te verán.
El chico ha abierto la puerta. La humana toma mi maza y me coge del cuello. Es más alta que yo y bastante fuerte: de un empujón me hace andar hasta la cubierta del barco, y después caemos al agua. Llegamos a la orilla y caminamos una hora en dirección sur. No veo nada más que arena, dunas, desierto a mi derecha, de vez en cuando alguna palmera plateada a la luz de la luna. Hay cientos de tortugas marinas que se acercan a la orilla para desovar. El mar susurra al son del viento. Veo a lo lejos los restos de un viejo barco encallado en la arena y nos sentamos junto a él, a esperar.
- Maldición, me estoy helando – dice la chica – eh, elfa, haz algo para darnos calor sin necesidad de hacer luz.
- Necesito tener las manos libres para hacer el encantamiento.
- Está bien, pero no hagas ninguno de tus trucos. – La humana afloja los nudos de mis ataduras. – De todas formas, esta runa – dice, enseñándome una runa mágica – te mantendrá atada a este lugar y no podrás teletransportarte, así que date prisa con el calor. Total, ¿qué truco puede hacer un mago sin poder usar la magia? ¡Jaja!
- Yo no soy un mago.
Un puñetazo en la mandíbula pone fin a las elucubraciones de mi interlocutora.
- ¡Maldita elfa de sangre! – grita el amante de la humana, que aparece de la nada – ¡Pagarás por lo que has hecho!
Agarro mi maza, ahora en la arena, y le propino sendos golpes al humano, que se mueve ágilmente. Se pone a mi espalda en un descuido y consigue golpearme en los riñones. El dolor del puño y de la espalda me hace marearme, pero no cejo en el empeño. Un certero golpe de mi maza en la cabeza deja aturdido a mi oponente, que se desploma frente a mí.
Las tortugas miran las escena, absortas. Algunas se esconden dentro de su caparazón. Respiro pesadamente y me da vueltas la cabeza. El dolor de mano es insoportable, debería practicar más la lucha sin armas.
Y sale el sol.
El amanecer me hace darme cuenta de que estoy cubierta de sangre por la lucha y de que los cuerpos de la pirata y de su joven amante están tirados en la arena, terriblemente desfigurados por los golpes. Lo hice sin querer, lo juro. Tenía que defenderme. Sólo oigo mi respiración y no pienso bajar a comprobar si ellos respiran, así que me marcho hacia el norte. A lo lejos veo el barco en el que me mantenían cautiva, con los piratas (imagino) aún dormidos y con la resaca del día anterior. Y al lado del barco, un pequeño poblado, imagino que territorio pirata.
Me adentro en el pequeño bastión en busca de mi caballo y mi reluciente armadura. Muchos piratas aún duermen, otros vaguean a pesar de que aparentan hacer la guardia. Entro por la puerta y no me importa seguir derramando sangre. Repica una campana, alguien ha visto mi matanza y dan el aviso. Uno a uno, sucumben ante el poder de mi maza. Ya he derramado sangre de los vivos, no me importa seguir haciéndolo. Mi mente entona un cántico de sagrada venganza en cada mazazo que asesto.
Veo a mi corcel en el establo. Me monto en él y miro atrás mientras dejo el poblado: Está totalmente vacío. Los he masacrado a todos. Bueno, a todos no.
Un pirata cojo corre a verme salir del poblado: se dirige al barco donde aún descansan mis captores. Azuzo a mi yegua para que le persiga, y de pronto es atraído por una fuerza de origen desconocido.
El pequeño pirata es atacado ferozmente por una mole helada. Se ve infectado por todas las enfermedades posibles y por algunas imposibles, y, al fin, sucumbe a la muerte en una agonía terrible. El caballero de la muerte me mira tras acabar con su víctima, asombrado. Y el druida, a su lado en forma de león, sonríe en una sonrisa felina.
- ¿Tú has hecho todo esto? – pregunta Ragingblade, incrédulo ante la desolación que observa.
- Claro.
- ¿Qué esperabas, amigo mío? – contesta el druida – Si es un paladín.





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