El viento que me sopla en la cara es árido. La superficie yerma de la tierra me repugna. No levanto polvo con la montura, el suelo es de piedra dura, maciza, y rala. Las estrellas parecen esparcidas sobre el cielo como leche sobre un oscuro líquido vítreo. Éste es un lugar extraño.
He cabalgado durante horas, días, semanas. A la vibrante luz de dos soles o a la de dos lunas distantes he seguido tu estela desde que partiera del Pantano de las Penas. Una estela que me ha llevado a separarme de mis compañeros y perderme donde parece que moriré… al otro lado del Portal.
Mi visión era la de tu capa roja al viento en medio del rojo desierto. Todavía oía los gritos de mis compañeros a mi espalda pero nunca me detuve: era presa de mi propio sueño y de mi propia esperanza. Soñaba con presentarme ante ti, decirte que seguía viva y que había soñado todos estos meses con encontrarme contigo convertida en una heroína. Y prometerte que juntas lucharíamos codo con codo para salvar este mundo, espada y bastón, y que juntas llevaríamos nuestro linaje a lo más alto. Pero este desierto es traicionero. He perdido tu rastro, y me he perdido yo misma entre la tierra roja, y entre mis propios sueños de fama y gloria. Sólo veo rojo, y encima del rojo, una ominosa oscuridad. ¿Es esto el borde del mundo?
Mi corcel se encabrita al llegar a un barranco y caigo de bruces. ¡Nos hemos salvado por poco! El terreno se desliza con mi peso y las piedras no suenan al caer. Bajo la cabeza y veo un vacío sin fondo bajo mis pies, una oscuridad plagada de estrellas que a saber dónde irá a parar. Me agarro con las dos manos al borde de un mundo resquebrajado cuyo nombre ahora sé con toda certeza.
La tierra mágica, donde la energía arcana brotaba de las mismísimas grietas del suelo. Para algunos la tierra prometida de Kael’Thas, el infierno, Terrallende, Draenor.
El entrenamiento de estas semanas con mis dos intrépidos compañeros me ha hecho fuerte y logro subir a la plataforma con la ayuda de mis brazos, impulsándome con las piernas para no desfallecer. Miro hacia abajo y contemplo la inmensidad del vacío, y por un momento soy consciente de este mundo plano y de la extraña gravedad que mantiene atadas a sus lunas al mismo. Miro en derredor: mi caballo ha escapado. Sólo me queda caminar.
Estoy hambrienta y también tengo sed, pero no hay más que plantas raquíticas aquí y allá, ni rastro de una corriente donde beber, ni rastro de civilización, o lo que quiera que haya en este mundo alienígena. Allá a lo lejos, una figura deambula en medio del desierto, parece un jabalí enorme. Me acerco a él, pues tengo mucha hambre y será mejor poder comer un buen jabalí crudo a no comer nada en absoluto. El animal me mira y parece enfadarse, me embiste antes de poder hacer nada contra él e intenta morderme como un poseso.
Tras una intensa lucha, derroto al animal y me dispongo a cortarle un trozo de carne decente que llevarme a la boca. Al abrir la tripa del animal, descubro los restos de una mano cubierta por un guantelete con el emblema de la alianza, que todavía sujeta algo. Tiro con fuerza de lo que parece ser una espada ligera, mas abro los ojos asombrada al contemplar la hoja templada y brillante, sin duda una hoja bendecida con un potente encantamiento. Es una espada pesada que sin duda puede partir a cualquier enemigo en dos, y me pregunto cómo habrá podido comerse el jabalí semejante mandoble, y más aún, cómo ha podido mantenerlo en el intestino durante tanto tiempo, pues la mano parece digerida desde hacía bastante. Tiro mi antigua maza al suelo, el arma que he encontrado es sin dudarlo mucho mejor que el arma que hubiera sido dada cuando entrara al servicio de Mograine.
- ¡Eh! ¡Jovencita! – Oigo una voz detrás de mí. – ¡Puedo ofrecerle esa brillante espada por un precio asequible, si gusta usted de los negocios redondos!
La voz parece no proceder de ningún lado, juraría que no hay nadie. Deben ser espejismos del desierto. Pero un dedo me toca insistentemente la espinilla, y sobresaltada, descubro a un goblin que me mira con los ojos muy abiertos. Casi le doy una patada sin querer.
- ¡Sí, sé que le parecerá una baratija! Pido por ella sólo tres oros, ya sabe, monedas de oro de donde usted y yo somos, de Azeroth. Éste es un mundo en el que usted y yo somos alienígenas, ¿sabe? Así nos llaman. Y claro, tenemos que ayudarnos entre nosotros, si usted me entiende. Yo hago mi negocio, sólo para vivir, y usted obtiene esa maravillosa espada procedente del estómago de mi espléndido jabalí.
- Discúlpeme, señor…
- Papasfritas.
- Disculpe, em, señor Papasfritas, pero creo que yo he dado muerte a este jabalí, y no sólo marca la tradición que tenga derecho a su carne, sino a todo aquello que la bestia posea en su interior, ya sean tripas o espadas brillantes.
- ¡Carne dice! ¡Ja! Esa carne, señorita mía, no es comestible. No son jabalíes comunes, son demonios. No va a poder sacar nada de comer de ellos, ni nada que en nuestro mundo consideráramos provechoso. No, la recompensa por matar estas criaturas, y la razón por las que acotamos los terrenos en los que se encuentran, es para poder desprender de sus malditas entrañas esas espadas refulgentes. – La verde criatura señala una valla a su espalda, guardada por lo que desde lejos parece ser un kodo de montar y un can manáfago – Ahí se encuentra mi hogar, o lo más parecido a un hogar que encontré después de exiliarme voluntariamente de Kezan, en busca de la fortuna de esta buena… tierra.
- Si no me equivoco, señor Papasfritas, esa valla acota su terreno.
- Así es, señorita. – Dice el goblin.
- En ese caso, lo lamento, pero estamos fuera de su terreno. Y ahora, si me disculpa…
- Si no me equivoco, está usted perdida y hambrienta. – Dice entonces el goblin con una voz fría y una sonrisa en los labios. – Será una buena chica, me dará la espada, y luego me dará otras tantas espadas, y entonces le diré dónde obtener comida.
Me doy la vuelta con la boca abierta. Había oído hablar de la mentalidad goblin, inflexible y agresiva para los negocios, pero jamás se me habría ocurrido pensar que sería víctima de ella. Así que agacho la cabeza y acepto el trato. Papasfritas me señala al suroeste, y me explica que encontraré una gran explanada con muchos jabalíes y algunos gusanos tuneladores que escupen veneno. Mate lo que mate, más me vale volver con muchas espadas refulgentes, y entonces me darán de comer en su hermoso hogar de Terrallende, junto a sus hermosos y verdes chiquillos, y me promete un corcel para volver al lejano bastión de Thrallmar.
Cae la noche, que noto por un cambio en la temperatura tan brusco que helaría al más duro de los enanos, y me dispongo a volver al vallado de Papasfritas con un buen montón de espadas refulgentes, cuando me encuentro al goblin llorando desconsolado.
- ¡Muertos! ¡Todos muertos, señorita! ¡Mis hermanos, mis chiquillos! ¡Todos muertos por esos asquerosos demonios! ¡Entraron esta mañana y los mataron a todos, cuando usted y yo nos encontramos, y ahora no puedo entrar en mi hermosa mina y recuperar lo mío! ¡Han destruido mi negocio! ¡Y ahora me siento tan solo!
Un demonio asoma la cabeza y se dirige hacia nosotros con furia diabólica. Cojo una de las hermosas espadas refulgentes y le asesto varios golpes hasta que cae al suelo. Papasfritas abre la boca con gran asombro.
- Oh, señorita, por favor, no sabía que fuera usted una heroína. Por favor, por favor, sálvame señorita, y le daré la mitad de lo que tengo. Pero por favor, recupere mi precioso hogar – miro al goblin con piedad y pienso que quizá éste sea el momento de recuperar mi credibilidad después del patinazo cometido al meterme por el Portal Oscuro.
Entro en la mina, infestada de infernales que voy matando sin dilación. Los goblins han sido torturados y masacrados, pero quedan algunos con vida, que voy sanando cuando tengo un momento de descanso. Al fin, el último de los demonios es aniquilado, y vuelvo hacia Papasfritas, indicándole que ya puede volver a entrar, después, cómo no, de que limpie el reguero de cadáveres. Con más tranquilidad y algo de líquido y comida, Papasfritas se sincera conmigo.
- No sé cómo decirle ni cómo agradecerle esto. En realidad, soy un truhán, sabe usted. Pero tenga piedad de este viejo goblin. No es la primera matanza que tiene lugar aquí, ni es la primera vez que tengo que recurrir a un aventurero para arreglar este desaguisado. La ciudad de Thrallmar se encuentra al sur de esta mina, sabe usted. A no más de quinientos metros.
Me ha tratado como una estúpida. Estallo de ira.
- ¡Y me ha tenido sin agua ni comida hasta que no le traje todas las espadas refulgentes que pude, y le salvé de la muerte! Probablemente me hubiera dejado morir en el desierto por su avaricia, para que nadie más supiera que estos bichos dan una recompensa tan valiosa. – Me siento furiosa, desenvaino la espada atada a mi cinto y siento ganas de partir en dos al pequeño goblin.
- ¡Eh, Papahfritah! ¡Veo qu‘ses amigoh, colega! ¡No’reh la única que quiere matal’le, tron! Pero dehamoh al vieho Papahfritah que lleve suh negosioh. – Un enorme trol, azul y muy viejo, se me acerca con andares desgarbados. – Bahtante ha tenido ya, me pa’ese a mí, pa’ que ensima lo mateh. Anda niña, que te’htán buhcando po’ Thrallmar. ¿Todo bien, vieho? ¿Queda arguno que matá con ehta ehpada, tron? – Apoya la hoja de la espada en uno de los colmillos y parece afilárselos con ella.
- No, muchas gracias. La señorita ha demostrado su eficacia. Lo lamento de veras. Como recompensa, le ofrezco todas las espadas brillantes que consiguió de matar jabalíes.
- Un regalo harto generoso, teniendo en cuenta que yo misma las conseguí – murmuro.
- Aséhtalah, tron. Si se lah dejah, se lah venderá a la aliansa.
- Entonces acepto. Llévame a Thrallmar.
Comentarios recientes