Archivos en la Categoría 'Relatos'

27
ene
10

Shaft – The Chamán Power

Historia de un Chamán, por John Shaft – Part.1

Tiempos atras… cunado solo existia el honor individual de un Héroe solitario… nacio Shaft (Chamán) en una pequeña Taberna de los prados de los Territorios de Cima del Truneo.

Shaft rapidamente aprendió el poder de lo Totem y el beneficio que podria aportarle en la gran aventura que pronto se iba a ver integrado… pero eso es una Historia que mas adelante narrare.

Empecemos por saber que Shaft se expecializó en el arte del Desuello y la Peleteria, una profesión no muy dificil de dominar. Y tomó el camino del Arte de la guerra, en la Rama de Mejora… No sabiendo que la vida del Chamán a tan temprana edad le iba a resultar muy dificil para avanzar y adentrarse en nuevos territorios aun no explorados… para sus ojos. Poco a poco sus manos se fueron endureciendo… asi como su cuerpo en general, desarrollando una gran maestria con las mazas y escudos; y cuando se vio preparado y paso el primer reto que le planteo el Maestro Chamánico tuvo que tomar la decisión de adrentarse en aquel territorio desconocido para el…  que le depararia un gran destino (que aun desconocía).

23
ene
10

Tiempo: Abismo, jabalíes y espadas refulgentes

El viento que me sopla en la cara es árido. La superficie yerma de la tierra me repugna. No levanto polvo con la montura, el suelo es de piedra dura, maciza, y rala. Las estrellas parecen esparcidas sobre el cielo como leche sobre un oscuro líquido vítreo. Éste es un lugar extraño.

He cabalgado durante horas, días, semanas. A la vibrante luz de dos soles o a la de dos lunas distantes he seguido tu estela desde que partiera del Pantano de las Penas. Una estela que me ha llevado a separarme de mis compañeros y perderme donde parece que moriré… al otro lado del Portal.

Mi visión era la de tu capa roja al viento en medio del rojo desierto. Todavía oía los gritos de mis compañeros a mi espalda pero nunca me detuve: era presa de mi propio sueño y de mi propia esperanza. Soñaba con presentarme ante ti, decirte que seguía viva y que había soñado todos estos meses con encontrarme contigo convertida en una heroína. Y prometerte que juntas lucharíamos codo con codo para salvar este mundo, espada y bastón, y que juntas llevaríamos nuestro linaje a lo más alto. Pero este desierto es traicionero. He perdido tu rastro, y me he perdido yo misma entre la tierra roja, y entre mis propios sueños de fama y gloria. Sólo veo rojo, y encima del rojo, una ominosa oscuridad. ¿Es esto el borde del mundo?

Mi corcel se encabrita al llegar a un barranco y caigo de bruces. ¡Nos hemos salvado por poco! El terreno se desliza con mi peso y las piedras no suenan al caer. Bajo la cabeza y veo un vacío sin fondo bajo mis pies, una oscuridad plagada de estrellas que a saber dónde irá a parar. Me agarro con las dos manos al borde de un mundo resquebrajado cuyo nombre ahora sé con toda certeza.

La tierra mágica, donde la energía arcana brotaba de las mismísimas grietas del suelo. Para algunos la tierra prometida de Kael’Thas, el infierno, Terrallende, Draenor.

El entrenamiento de estas semanas con mis dos intrépidos compañeros me ha hecho fuerte y logro subir a la plataforma con la ayuda de mis brazos, impulsándome con las piernas para no desfallecer. Miro hacia abajo y contemplo la inmensidad del vacío, y por un momento soy consciente de este mundo plano y de la extraña gravedad que mantiene atadas a sus lunas al mismo. Miro en derredor: mi caballo ha escapado. Sólo me queda caminar.

Estoy hambrienta y también tengo sed, pero no hay más que plantas raquíticas aquí y allá, ni rastro de una corriente donde beber, ni rastro de civilización, o lo que quiera que haya en este mundo alienígena. Allá a lo lejos, una figura deambula en medio del desierto, parece un jabalí enorme. Me acerco a él, pues tengo mucha hambre y será mejor poder comer un buen jabalí crudo a no comer nada en absoluto. El animal me mira y parece enfadarse, me embiste antes de poder hacer nada contra él e intenta morderme como un poseso.

Tras una intensa lucha, derroto al animal y me dispongo a cortarle un trozo de carne decente que llevarme a la boca. Al abrir la tripa del animal, descubro los restos de una mano cubierta por un guantelete con el emblema de la alianza, que todavía sujeta algo. Tiro con fuerza de lo que parece ser una espada ligera, mas abro los ojos asombrada al contemplar la hoja templada y brillante, sin duda una hoja bendecida con un potente encantamiento. Es una espada pesada que sin duda puede partir a cualquier enemigo en dos, y me pregunto cómo habrá podido comerse el jabalí semejante mandoble, y más aún, cómo ha podido mantenerlo en el intestino durante tanto tiempo, pues la mano parece digerida desde hacía bastante. Tiro mi antigua maza al suelo, el arma que he encontrado es sin dudarlo mucho mejor que el arma que hubiera sido dada cuando entrara al servicio de Mograine.

- ¡Eh! ¡Jovencita! – Oigo una voz detrás de mí. – ¡Puedo ofrecerle esa brillante espada por un precio asequible, si gusta usted de los negocios redondos!

La voz parece no proceder de ningún lado, juraría que no hay nadie. Deben ser espejismos del desierto. Pero un dedo me toca insistentemente la espinilla, y sobresaltada, descubro a un goblin que me mira con los ojos muy abiertos. Casi le doy una patada sin querer.

- ¡Sí, sé que le parecerá una baratija! Pido por ella sólo tres oros, ya sabe, monedas de oro de donde usted y yo somos, de Azeroth. Éste es un mundo en el que usted y yo somos alienígenas, ¿sabe? Así nos llaman. Y claro, tenemos que ayudarnos entre nosotros, si usted me entiende. Yo hago mi negocio, sólo para vivir, y usted obtiene esa maravillosa espada procedente del estómago de mi espléndido jabalí.

- Discúlpeme, señor…

- Papasfritas.

- Disculpe, em, señor Papasfritas, pero creo que yo he dado muerte a este jabalí, y no sólo marca la tradición que tenga derecho a su carne, sino a todo aquello que la bestia posea en su interior, ya sean tripas o espadas brillantes.

- ¡Carne dice! ¡Ja! Esa carne, señorita mía, no es comestible. No son jabalíes comunes, son demonios. No va a poder sacar nada de comer de ellos, ni nada que en nuestro mundo consideráramos provechoso. No, la recompensa por matar estas criaturas, y la razón por las que acotamos los terrenos en los que se encuentran, es para poder desprender de sus malditas entrañas esas espadas refulgentes. – La verde criatura señala una valla a su espalda, guardada por lo que desde lejos parece ser un kodo de montar y un can manáfago – Ahí se encuentra mi hogar, o lo más parecido a un hogar que encontré después de exiliarme voluntariamente de Kezan, en busca de la fortuna de esta buena… tierra.

- Si no me equivoco, señor Papasfritas, esa valla acota su terreno.

- Así es, señorita. – Dice el goblin.

- En ese caso, lo lamento, pero estamos fuera de su terreno. Y ahora, si me disculpa…

- Si no me equivoco, está usted perdida y hambrienta. – Dice entonces el goblin con una voz fría y una sonrisa en los labios. – Será una buena chica, me dará la espada, y luego me dará otras tantas espadas, y entonces le diré dónde obtener comida.

Me doy la vuelta con la boca abierta. Había oído hablar de la mentalidad goblin, inflexible y agresiva para los negocios, pero jamás se me habría ocurrido pensar que sería víctima de ella. Así que agacho la cabeza y acepto el trato. Papasfritas me señala al suroeste, y me explica que encontraré una gran explanada con muchos jabalíes y algunos gusanos tuneladores que escupen veneno. Mate lo que mate, más me vale volver con muchas espadas refulgentes, y entonces me darán de comer en su hermoso hogar de Terrallende, junto a sus hermosos y verdes chiquillos, y me promete un corcel para volver al lejano bastión de Thrallmar.

Cae la noche, que noto por un cambio en la temperatura tan brusco que helaría al más duro de los enanos, y me dispongo a volver al vallado de Papasfritas con un buen montón de espadas refulgentes, cuando me encuentro al goblin llorando desconsolado.

- ¡Muertos! ¡Todos muertos, señorita! ¡Mis hermanos, mis chiquillos! ¡Todos muertos por esos asquerosos demonios! ¡Entraron esta mañana y los mataron a todos, cuando usted y yo nos encontramos, y ahora no puedo entrar en mi hermosa mina y recuperar lo mío! ¡Han destruido mi negocio! ¡Y ahora me siento tan solo!

Un demonio asoma la cabeza y se dirige hacia nosotros con furia diabólica. Cojo una de las hermosas espadas refulgentes y le asesto varios golpes hasta que cae al suelo. Papasfritas abre la boca con gran asombro.

- Oh, señorita, por favor, no sabía que fuera usted una heroína. Por favor, por favor, sálvame señorita, y le daré la mitad de lo que tengo. Pero por favor, recupere mi precioso hogar – miro al goblin con piedad y pienso que quizá éste sea el momento de recuperar mi credibilidad después del patinazo cometido al meterme por el Portal Oscuro.

Entro en la mina, infestada de infernales que voy matando sin dilación. Los goblins han sido torturados y masacrados, pero quedan algunos con vida, que voy sanando cuando tengo un momento de descanso. Al fin, el último de los demonios es aniquilado, y vuelvo hacia Papasfritas, indicándole que ya puede volver a entrar, después, cómo no, de que limpie el reguero de cadáveres. Con más tranquilidad y algo de líquido y comida, Papasfritas se sincera conmigo.

- No sé cómo decirle ni cómo agradecerle esto. En realidad, soy un truhán, sabe usted. Pero tenga piedad de este viejo goblin. No es la primera matanza que tiene lugar aquí, ni es la primera vez que tengo que recurrir a un aventurero para arreglar este desaguisado. La ciudad de Thrallmar se encuentra al sur de esta mina, sabe usted. A no más de quinientos metros.

Me ha tratado como una estúpida. Estallo de ira.

- ¡Y me ha tenido sin agua ni comida hasta que no le traje todas las espadas refulgentes que pude, y le salvé de la muerte! Probablemente me hubiera dejado morir en el desierto por su avaricia, para que nadie más supiera que estos bichos dan una recompensa tan valiosa. – Me siento furiosa, desenvaino la espada atada a mi cinto y siento ganas de partir en dos al pequeño goblin.

- ¡Eh, Papahfritah! ¡Veo qu‘ses amigoh, colega! ¡No’reh la única que quiere matal’le, tron! Pero dehamoh al vieho Papahfritah que lleve suh negosioh. – Un enorme trol, azul y muy viejo, se me acerca con andares desgarbados. – Bahtante ha tenido ya, me pa’ese a mí, pa’ que ensima lo mateh. Anda niña, que te’htán buhcando po’ Thrallmar. ¿Todo bien, vieho? ¿Queda arguno que matá con ehta ehpada, tron? – Apoya la hoja de la espada en uno de los colmillos y parece afilárselos con ella.

- No, muchas gracias. La señorita ha demostrado su eficacia. Lo lamento de veras. Como recompensa, le ofrezco todas las espadas brillantes que consiguió de matar jabalíes.

- Un regalo harto generoso, teniendo en cuenta que yo misma las conseguí – murmuro.

- Aséhtalah, tron. Si se lah dejah, se lah venderá a la aliansa.

- Entonces acepto. Llévame a Thrallmar.

15
nov
09

Tiempo: sueño

- Lárgate, Elmeryn. No te necesito.

- He viajado todo este tiempo sólo por encontrarte. Nunca quise ser un guerrero. Ni siquiera sabía cuánta afinidad con la luz tenía. Ahora lo sé, pero mi motivación siempre fue encontrarme contigo.

- Déjame. Te he dicho que te largues. No te quiero. Ya no eres mi hermana. Me marché. No quiero saber nada de ti.

Un empujón me deja en el suelo frío. La imagen de mi hermana se ha desvanecido. De pronto, a mi alrededor aparecen montañas de cadáveres y vuelvo a estar en la destrucción de Lunargenta años atrás. Me abro paso entre los cadáveres, intentando apartar brazos y piernas inertes de mi camino, pero cada vez hay más. La montaña parece inexpugnable. Intento escalarla pero algo me agarra.

- Otra alma que consumir – dice una voz gutural.

Soy arrojada a un suelo frío y mojado. Siento como si el líquido que cubriera el suelo fuera capaz de pudrirme la piel y quiero levantarme. Observo a mi alrededor: una necrópolis de la Plaga, oscura, nauseabunda. Las ratas se comen las tripas de un cuerpo cercano. Veo a una de ellas transportando una mano entre los dientes. Observo horrorizada e inmóvil la escena. Un ensamblaje se acerca a mí, me toma del cuello y me hace una profunda herida que me abre las entrañas, y deja fuera mis intestinos para que los roedores me los coman. Acto seguido me arroja al suelo. Se ríe estrepitosamente, su risa estalla mil veces en mi mente en un eco atronador, mientras las ratas vienen en millares a por su comida. Siento cada mordisco, cada trozo de mí que es engullido por los roedores. Voy a morir. Por favor, que sea rápido.

- ¡Por piedad! – grito – ¡Mátame!

- No hay salida. Eres mía, – dice la voz – te consumiré para siempre.

Estoy soñando. Esto debe ser un sueño. No tiene sentido alguno que esté aquí. Pero es tan real. ¿Dónde estaba yo? El pantano de las penas. El templo de Atal’Hakkar. De pronto, la escena ha cambiado. Estoy en el templo, pero estoy sola. ¿Dónde están mis compañeros? Ya no hay herida alguna en mi cuerpo, pero veo desesperanzada que los pasillos no son iguales a los que he visto en mi incursión con los dos tauren. No hay dragones, ni trolls, ni moho en las paredes, tan sólo un poco de musgo aquí y allá, y una extraña y tenue luz verde que guía mis pasos. La sigo hasta una cámara llena de huesos, con antorchas en las esquinas.

- ¡Necios! ¡Sólo servís a los propósitos de su dios maldito! – oigo en un susurro – ¡Libérame! ¡Busca a Itharius!

Intento encontrar una salida a la cámara, pero no soy capaz de dar con la puerta por la que he entrado. Busco incansablemente, tocando las paredes de piedra oscura, intentando encontrar una salida. La luz verde se ha parado en mitad de la sala.

- Al fin… una ofrenda de sangre mortal – dice una escalofriante voz detrás de mí.

Un gigantesco esqueleto se abalanza sobre mí. Realiza un encantamiento para embelesarme mientras empieza a extraerme toda la sangre del cuerpo.

- Es… tan… deliciosa. La… sangre mortal… nada que ver con esos… dragones.

Siento cómo me voy desangrando lentamente. Tengo el impulso de ceder ante mi torturador: es tan fácil dejarse llevar, sin luchar. Abandonar esta existencia. ¿De qué me sirve hacer este viaje? Nunca encontraré a Miriël, es todo mentira, nada de lo que he vivido es real, no existe esperanza para mí. Sólo muerte. Morir. Qué fácil es dejarse morir cuando se está solo. Nadie me quiere. Sola y sin esperanza.

Las antorchas de la cámara empiezan a encenderse, y de pronto, caigo al suelo. La serpiente alada chilla: tiene una hoja rúnica clavada en el pecho. El druida me está agarrando fuertemente para que no me caiga.

- Libérame – oigo de nuevo el susurro. Y me doy cuenta de que proviene de la caja verde que guardo en mi bolsillo. Mis compañeros parecen haberla oído también.

- Ya deberías haber aprendido a no coger cosas que no son tuyas en lugares desconocidos – me recrimina Ragingblade.

- Por favor viejo amigo, ten paciencia con ella. – contesta el druida – Ha estado en la pesadilla, cerca de la locura que afecta a los dragones que moran aquí, y casi la matan. Ya tendrás tiempo de reprocharle su comportamiento, pero por el momento cuidemos de ella. Has estado cerca, jovencita, suerte que pude adentrarme en el Sueño Esmeralda para guiarte. La vida se abre camino hasta en estos lugares, y allá donde la naturaleza siga prevaleciendo, habrá un druida que pueda entrar al Sueño. Fue un viaje peligroso, estamos muy cerca de la Pesadilla.

- ¿Pesadilla?

- El plano que está justo debajo de éste es el Sueño Esmeralda. Tú has visitado una parte corrupta de él, la Pesadilla Esmeralda, y tienes suerte de haber vuelto. Parece que todo lo ha provocado nuestro encuentro con el profeta, y ese artefacto que has encontrado.

- Esto… me susurra. Dice que busquemos a Itharius, pero no sé quién es.

- Yo sí – dice el druida – salgamos de aquí. Esta misión sólo nos ha traído desgracias.

El aire puro, o bueno, el aire del pantano (que no es precisamente puro pero al menos no era el de un templo sumergido bajo un lago) reaviva mi mente. Estamos sanos y salvos, y vamos en busca de ese tal Itharius, que, sorprendentemente, se encuentra cerca del templo sumergido. El druida se refiere a él como Lord Itharius, pero yo sólo veo a un elegante alto elfo vestido con una hermosa túnica verde. No me suena su cara de Quel’Thalas, así que supongo que será mucho más que un simple elfo. De hecho, me imagino lo que es en realidad.

- Sé quiénes sois – dice – y también sé que sabéis qué es lo que tenéis ahí.

- En realidad, mi señor, desconocemos lo que es – dice el druida – pero yo me temo lo peor: que se trate de la esencia de Eranikus, hecho preso hace mucho por los Atalai, cuando Ysera decretó el hundimiento de ese maldito templo.

- Así es, tauren, y por tanto te aconsejo que convenzas a tu gentil acompañante, ahora portadora del alma de mi mejor amigo y hermano, de renunciar al poder de ese artefacto, y que se comprometa a servir al vuelo de Ysera.

- Mi señor – digo, poniéndome de rodillas – Ysera y su linaje tienen mi palabra de que les serviré, con mi vida o con mi muerte. Lo juro por la Luz.

- Genial, otra promesa que seguramente no pueda cumplir – murmura Ragingblade.

- Está bien, mortales. Partid a Cuna del invierno. Allí, buscad a un enviado, un humano. Él podrá darle uso a esa gema, podrá hablar con Eranikus.

- ¿Nada más? – digo, sorprendida. Si lo llego a saber no hago un juramento tan solemne para acabar siendo un simple recadero. La imagen del elfo que tengo ante mí me mira impasible.

Partimos en nuestras monturas camino de Grom’Gol, tras una fría despedida. Súbitamente, recuerdo algo:

- No hemos averiguado nada acerca de las piedras que encontré en las Tierras de la Peste. ¿Qué voy a hacer?

- Volveremos a Entrañas y le dirás a la Dama Oscura que no has encontrado nada.

- ¡Pero eso es muy poco heroico!

- ¿Y qué esperabas? ¿Estandartes? ¿Música? ¿La bienvenida de un héroe? Los héroes no existen.

- Yo quiero ser un héroe. Como tú – digo, dirigiéndome a Ragingblade con admiración.

- No seas insensata. Los héroes siempre acaban en el cementerio.

15
nov
09

redención: reencuentros

La lluvia caía pesadamente sobre las ascuas de los edificios calcinados como si intentara borrar todo rastro de aquel lugar para siempre. El anciano trol clavó su espada en el suelo y dejó caer el peso de su cuerpo sobre la inmensa figura que le acompañaba con un gruñido de dolor. Las gotas caían a lo largo de la vieja espada oxidada como un ejército cargando hacia la batalla.

- Viejo amigo, me temo que una vez más no hemos medido nuestras fuerzas… – comentó con esfuerzo el trol mientras caminaba apoyado en el musculoso brazo de su acompañante.

El tauren lo miró con expresión sombría.

- ¡No me mires así! ¡Aún podría luchar con diez enemigos más y… – la frase del trol quedó cortada por un repentino ataque de tos – …aún tengo cientos de enemigos que enviar al reino de Quetz’lun  y además no eres nadie para poder juzgarme… ¡yo al menos sigo vivo!

El rostro del trol resplandecía de orgullo mostrando una enorme sonrisa mellada que le llegaba de oreja a oreja.

- No por mucho tiempo si sigues cometiendo locuras – respondió el tauren con una voz tan profunda que parecía no tener fondo.

- ¡No era una locura! Sólo eran quince soldados contra el gran… el gran… – el trol permaneció pensativo unos segundos – ehm… ¿cómo me hacía llamar antes?

Una expresión de preocupación surcó el impasible rostro del caballero de la muerte ante la evidente decadencia de su viejo maestro.

- Da lo mismo, la aventura me ha llamado de nuevo y antes muerto que renunciar al oro, la fama y las hembras… oh, sí… de eso sí que me acuerdo. – dijo el trol guiñando el único ojo que aún parecía razonablemente sano – ¿Dónde podremos encontrar hembras que sepan aplaudir el verdadero valor de un héroe?

El trol se levantó con renovada energía y, tras arrancar la espada de su lecho de barro, ensilló su raptor. El caballero de la muerte ajustó sus hojas rúnicas gemelas a la silla de su destrero y partió tras la estela que dejaba el veloz raptor al ser espoleado de una forma que jamás había conocido antes.

El movimiento rítmico del galope ayudó al tauren a centrar sus pensamientos. Semanas antes le habían llegado noticias de que su viejo maestro se encontraba muy enfermo, que era víctima de la locura y que probablemente muriera muy pronto. El viaje al Valle de los Retos y la posterior visita a su maestro no fueron fáciles pero era lo menos que podía hacer por quien le había enseñado en que consistía realmente lanzarse a la batalla y disfrutar de la victoria. Pero, cuando llegó, el trol se había ido. Había desempaquetado su antigua armadura, afilado su espada, ensillado un joven raptor de guerra y partido hacia la aventura. Le llevó días dar con su pista. Hasta que esa misma mañana el humo proveniente de las llamas que consumían un poblado de salteadores de caminos le había llevado hasta él. Quizás alguna gente pueda pensar que la llegada del caballero de la muerte a la batalla pudo salvar la vida del viejo trol, pero estarían equivocados. Los cuerpos se encontraban repartidos por todo el campamento y las cabañas eran escombros para cuando el tauren llegó interrumpiendo el proceso de introducir enormes sacos de oro y joyas en las alforjas de un sobrecargado kodo. ‘ Llegas a tiempo, empieza dolerme la espalda… coge un par de sacos y ayúdame a cargar’ fueron las primeras palabras que oyó de su maestro desde que le dejara para ir a combatir la plaga en las Tierras de la Peste.

- ¡Esta taberna parece adecuada! – gritó desde lejos el trol sacando de su trance al tauren – Pasaremos aquí la noche, secaremos nuestras ropas y beberemos hasta caer muertos.

- No parece que vayan a ser muy hospitalarios… al menos no con nosotros – observó el caballero de la muerte motivado por la arquitectura principalmente humana del asentamiento.

- ¡El oro es el invitado más deseado… y de eso tenemos mucho! – replicó el viejo trol mientras agitaba una abultada bolsa tintineante y desmontaba del raptor.

La desgarbada figura del trol se recortó sobre la silueta de la puerta de la taberna y todas las conversaciones cesaron de inmediato cuando el tabernero, acompañado de un ogro de gran tamaño y aparente escasa inteligencia, se aproximaron a la misteriosa figura.

- ¡No queremoh ‘ente como tu poh aquí! – recitó el ogro al recibir un codazo en su prominente barriga de parte del tabernero que, aunque humano, había descubierto las ventajas de tener contratado un ser el doble de grande y el doble de estúpido que sus parroquianos habituales.

- Amable propietario, no debéis preocuparos de nada que no sea proporcionarnos bebida y techo. – dijo poniendo una enorme moneda de oro en la mano del sorprendido humano – Y, para vuestra tranquilidad, hemos dejado las armas en nuestras monturas así que no debéis temer nada de dos pacíficos aventureros.

Durante unos segundos la mente del tabernero luchó entre la avaricia y el odio hacia las razas de la horda y, finalmente, halló lo que sólo pudo considerar como un brillante termino medio y, tras valorar que con un ogro como matón no debía tener nada que temer, la compartió con el trol.

- Te serviré cerveza y te daré una silla pero… – señaló al caballero de la muerte que empezaba a agacharse para entrar – …por lo que a mí respecta eso no es más que ganado que habla,  su sitio es el establo.

El trol se irguió en toda su estatura y, sin media palabra, lanzó su puño contra el rostro cornudo del ogro que se vio lanzado varios metros hacia atrás arrastrando un par de mesas en su caída. El tabernero se giró e intentó correr hacia la seguridad de la cocina pero dos larguísimos brazos le abrazaron ferreamente y sitió la boca del trol contra su oreja.

- He sido amable, tabernero, – susurró a su oído -  incluso generoso, pero no puedo permitir una afrenta de ese calibre contra alguien que ha matado más plaga de la tú jamás podrías soñar ni en tus más horribles pesadillas.

El ruido de dos docenas de espadas al desenfundarse ocuparon el aire de la taberna.

- ¡Estúpido animal! – replicó el tabernero lleno de ira – Voy a ver como te sacan las tripas a ti y a tu vaca y clavan vuestras cabezas en una picaaaAARRRJ…

El tabernero vio interrumpida su frase al ser lanzado por los aires para aterrizar sobre unos barriles de cerveza enana.

- ¡No me gusta, no es un batalla justa! – gritó el trol negando con la cabeza – ¡Al menos deberíais ser el doble!

Los gritos pidiendo piedad, mezclados con otros tantos de dolor y batalla, se vieron amortiguados cuando el caballero de la muerte cerró la puerta de la taberna para dirigirse al establo. Miró una última vez la espada mellada que se encontraba amarrada a la silla de montar del raptor, le dio una suave palmada al exhausto kodo cargado de riquezas y montó en su destrero.

- Estará bien – se dijo en voz alta – sólo es un poco más viejo y más sabio… pero estará bien.

Y espoleó a su poderoso caballo hacia la oscuridad de la noche.

14
nov
09

Tiempo: Venganza

- ¿Quieres hablar más bajo? Nos van a oír.

- Pero si no hay más que… babosas asquerosas en este templo. ¡Puaj! Me acabo de manchar entera.

- Hay muchas fuerzas que no conoces en este templo. Ysera en persona lo condenó bajo las aguas hace muchos años, antes de que tú llegaras a este mundo. Deberías hacer caso al druida y hablar más bajo, a las fuerzas malignas suelen atraerles las voces chillonas.

- ¡No tengo la voz chillona!

- ¡Ssshhh! ¡Silencio he dicho!

La espada refulgente del caballero de la muerte desvela paredes cubiertas de moho que se iluminan ante sus runas, aquí y allá aparece una plateada tela de araña, y de vez en cuando nos encontramos con un grupo de criaturas malditas: cresas parecidas a las que vi en las Tierras de la Peste y grandes gigantes fúngicos, hostiles rondadores de lo profundo que apestan a agua podrida.

- Qué asco. ¿Qué es este lugar?

- Es un templo – contesta el druida con su habitual buen humor. El trabajo de arañar los traseros de los gigantes fúngicos no le ha restado ni un centímetro de longitud a su sonrisa gatuna.

- Sé que es un templo. Lo que quiero decir es, ¿por qué fue erigido, y qué hemos venido a hacer aquí? ¿Por qué Ysera lo hundió bajo el pantano?

- Hace mucho tiempo – dice el druida – Ysera y los de su Vuelo tuvieron la certeza de que éste sería el lugar en el que volvería a la vida Hakkar, el Dios de la Sangre. Se cree que Hakkar es un esbirro de los Antiguos Dioses que dominaban Azeroth antes de los titanes, si no un Dios antiguo en sí mismo. Como Ysera es una fiel serviente de Eonar, de acuerdo con la misión que le fue encomendada de proteger la vida y el orden establecido en Azeroth por los titanes, envió a su propio consorte a hundir esta zona y evitar la venida de Hakkar. Sin embargo, muchos de los del linaje de Ysera cayeron en una pesadilla sin sueños, aquí mismo. Se volvieron locos. Y por eso este lugar está maldito.

- Pone los pelos de punta. ¿Qué fue de Hakkar?

- No hace mucho tiempo volvió a la vida y fue derrotado por uno de los de tu raza.

El druida me sonríe con cariño, como nostálgico, y le devuelvo la sonrisa. El caballero de la muerte permanece serio y atento a su alrededor, como expectante. Damos muerte a unas pocas criaturas de moho más y bajamos unas escaleras.

- Silencio ahora, – advierte Ragingblade – oigo un murmullo.

Un grupo de trols, nomuertos y vivos, se encuentra haciendo un ritual. Nadie me había comentado que este lugar estaba poblado, aunque no sé por qué, de alguna forma me lo esperaba. Intentamos pasar desapercibidos pasando pegados a una pared. El moho se me adhiere a la capa y al cabello.

Los trols oyen un ruido y se giran en nuestra dirección. Ragingblade se prepara para atacar: asesta un golpe con formidable fuerza a uno de los trols y lo lanza hacia la otra parte de la habitación, partido en dos. El resto de trols empieza a congelarse con su sola presencia. Gritan. Enloquecen. Mueren. El tauren se sacude la capa con tranquilidad, como si sólo fuera un calentamiento.

- Sigamos – dice con voz fría. Y pienso que algún día seré como él, pero sin lo de estar muerto.

Vamos descubriendo habitación tras habitación. El templo es un laberinto lleno de largos corredores donde se ocultan trols malditos y sirvientes plagados. No tenía ni idea de que la Plaga hubiera llegado hasta aquí.

- La magia vudú es más sombría y profunda de lo que tú crees, – dice Ragingblade, como leyéndome el pensamiento – éstos no son tus sacerdotes. Sirven a un dios oscuro y malvado, no encontrarás fieles a tu fe aquí. Sus esbirros no son de la Plaga, son zombies. Utilizan a sus propios muertos como ejército.

- Y por la pinta que tiene ese zombie, diría que antes de levantarlo se lo habían comido – señalo a un zombie cercano, que tiene un brazo carcomido.

- Es la gastronomía trol – contesta el druida en uno de sus habituales chascarrillos. Ragingblade hace una mueca. ¡Se ha reído!

Seguimos bajando hasta llegar a una oscura cámara llena de trols. Un sacerdote oficia un extraño culto en Zandali, de espaldas a sus fieles. Viste una toga larga y camina encorvado, y domina la oratoria con tal maestría que, a pesar de no entender su idioma, me paraliza. Me siento extrasiada. Veo que el druida se ha separado de mí y que se dispone a atacarle desde las sombras.

En el momento cumbre del culto el sacerdote se gira a su público haciendo aspavientos. Y su mirada se para en mí.

Me he quedado como un pasmarote en mitad de la sala. ¡Estoy perdida!

El sacerdote grita, pero mi amigo el druida es capaz de asestarle un feroz zarpazo y dejarlo seriamente herido. Ragingblade, corriendo desde el otro lado, hace que el suelo sangre, hace enfermar a los trols sanos y esclaviza a los zombies. Levanta a los feligreses muertos en un ejército de necrófagos que siembra el caos en la sala. Todos ellos se precipitan hacia el sacerdote, que chilla de dolor ante los garrazos de mi felino amigo. Jamás había visto luchar al druida, y me sorprende su habilidad.

- ¿Quiénes sois? ¿Qué… qué queréis? – dice asustado el viejo sacerdote, al borde de la muerte.

- Mhackezas de Lunargenta te manda recuerdos, Jammal’an. ¿Creías que después de tantos años no se acordaría de lo que le hiciste? – contesta Ragingblade, mientras congela al encorvado trol – La venganza es un plato que se sirve frío.

Algo se apodera de mí, que hasta ese momento había estado quieta en mitad de la sala. Me dirijo hacia el druida con la maza en la mano, dispuesta a asestarle un golpe mortal. No soy dueña de mis actos, sólo siento una rabia inmensa, y golpeo a mi amigo el druida en el lomo. En el nombre de la Luz.

- El… tótem… – dice el druida, encogido por el dolor.

Ragingblade destruye el tótem y rompe de un espadazo el cráneo del sacerdote. Los necrófagos se desvanecen. El control mental sobre mí desaparece.

- Por amor de Ysera, – dice el druida – no sabía que tuvieras tanta fuerza. Me sorprendes. – Le pongo mis manos para curarle y él entona unos cuantos cánticos para sanarse.

- Lo siento. No… no era yo.

- Cosas peores se han hecho en el nombre de la Luz. Por eso me hice druida. – Contesta mi amigo. – ¿Estás bien?

- No. Estoy… mareada. – Y caigo al suelo.

Ragingblade me ayuda a levantarme. Es muy alto y no puedo apoyarme en él, así que deciden que el druida me llevará en el lomo el resto del camino.

- ¿Quién era el sacerdote? – pregunto.

- Era un trol malvado. Le hizo daño a muchas personas, entre ellas a un amigo mío y de mi compañero el druida.  – contesta Ragingblade – Pero ahora calla, la magia vudú de ese sacerdote te ha afectado, será mejor que descanses, aún nos queda mucho templo por descubrir.

En uno de los pasillos encontramos cientos de dragones verdes. ¿Acaso no eran los dragones del linaje de Ysera amigos de todas las criaturas vivientes? Sí, mas aquellos dragones estaban hechizados, como viviendo una pesadilla constante. Cuando nos acercábamos, nos atacaban con fiereza, y mis amigos tenían que matarlos para poder avanzar por las amplias estancias.

- Itharius, viejo amigo, ayúdame… – oigo en un susurro.

- Debo estar delirando, – comento – estoy oyendo voces dentro de mi cabeza.

- No me ha gustado nada lo que ha sucedido ahí arriba, Elmeryn, – dice Ragingblade – tienes mal aspecto.

Ya tengo que estar mal para que eso me lo diga un nomuerto. Pasamos por una amplia estancia y allí se encuentra, dormido, un enorme dragón. Tiene el porte elegante de los grandes dracos, y me recuerda a los dibujos que me enseñaba mi hermana en sus libros de Dalaran: el de la gran Alexstrasza, o el del magnífico Malygos. Ragingblade se acerca al dragón con cautela, como esperando que éste no le ataque, mas despierta de su sueño y le ataca ferozmente. Ragingblade utiliza sus poderes de la Plaga para infectar al dragón de sus enfermedades, pero parece que no le afectan. Finalmente, tras una lucha de varios minutos, la bestia es vencida.

- Nunca me gustó luchar contra dragones – dice Ragingblade – hasta los miembros del malvado Vuelo Negro que conocí en Filoespada tienen dignidad. Y además son inmunes a mis artes. Elmeryn, ¿estás bien? ¿Qué tienes ahí?

Abro la mano y enseño una cajita de color verde. Es bonita, como de piedra, y refulge en un suave color verde. Me estoy dando cuenta de que el veneno del dragón me ha afectado seriamente. Me siento mal.

- Itharius… – digo – hay que encontrar a Itharius.

26
oct
09

Tiempo: A la luz de la luna

El mar está quieto y la luna es un galeón fantasmal que navega por el cielo, y miro las estrellas por un pequeño agujero que asoma al exterior. Se cuela el aire salino y oigo algo de jaleo en la cubierta. Están de fiesta, y probablemente haya alcohol. Ojalá pudiera tener algo de vino del viejo Toquesol. Ojalá estuviera en casa.

El ventanuco que da al cielo es demasiado pequeño para salir y veo que la puerta está bien atrancada. Me duele la cabeza y tengo un chichón enorme, producto de un golpe bastante contundente, el mismo golpe que me dieron para conseguir traerme al barco, inconsciente. De pronto, la puerta se abre.

- Saludos, elfa. – me habla un viejo marinero que huele fuertemente a alcohol y a humanidad. ¡Cómo apestan estos humanos! – Me alegra ver que te has despertado. Has estado durmiendo una siesta de una semana, pero al fin estás despierta. ¡Bien!

El viejo marinero me toca la cara con codicia y le escupo a la cara.

- Oye elfita, no hace falta que seas maleducada, sobre todo teniendo en cuenta que estás desarmada y que yo – el viejo pirata desenvaina una espada – voy bien armado. Así que será mejor que te portes bien, o acabaré pensando que dormida estabas más guapa. O mejor, siempre puedo propinarte un buen tratamiento de belleza a base de golpes, jajaja.

Los piratas que acompañan al viejo ríen ruidosamente.

- A ver niña, pórtate bien, que no quiero pegarte. Si te pego, no estarás guapa, y si no estás guapa no te comprarán, así que…

- ¡Comprarme! – me escandalizo.

- Así es, querida. ¡Una elfa con afinidad arcana! Una mercancía preciada, todos los piratas querrán comprarte y aprender las artes de la magia. ¡Imagínate! Abres un portal a Dalaran, robas unas cuantas baratijas para vender en Gadgetzan, y además enseñas a tus dueños a usar la magia para el contrabando. ¡Y yo me haré rico! Vamos chicos, sigamos festejando. ¡Eh, tú, Jemmy la Dulce! ¡Vigila a nuestra invitada, jajaja!

Así que piensan que soy maga. Bien.

La chica que está vigilándome silba una canción pirata mientras hace la guardia, sentada en el suelo a escasos metros de mí. Oigo los festejos de arriba, están contentos porque han conseguido el que probablemente sea el golpe de sus vidas. A las pocas horas el ruido se va calmando, mis captores duermen. Todos duermen, menos la chica.

Irrumpe en la habitación un pirata alto, moreno y tostado por el sol.

- ¡Deprisa! – dice – ¡Desátale los pies y llévatela! ¡Y llévate también su arma, esa maza debe valer mil monedas de oro!

¡Mi maza! ¡El chico tiene la maza!

- Pero mi amor – dice ella – si me fugo contigo, sabes que mi padre te matará. Removerá cielo y tierra hasta dar conmigo, y luego acabará contigo.

- No te preocupes, mi amor. Nos encontraremos en la playa, al sur, junto a los restos del barco encallado. Espérame a la luz de la luna, no enciendas hogueras, o te verán.

El chico ha abierto la puerta. La humana toma mi maza y me coge del cuello. Es más alta que yo y bastante fuerte: de un empujón me hace andar hasta la cubierta del barco, y después caemos al agua. Llegamos a la orilla y caminamos una hora en dirección sur. No veo nada más que arena, dunas, desierto a mi derecha, de vez en cuando alguna palmera plateada a la luz de la luna. Hay cientos de tortugas marinas que se acercan a la orilla para desovar. El mar susurra al son del viento. Veo a lo lejos los restos de un viejo barco encallado en la arena y nos sentamos junto a él, a esperar.

- Maldición, me estoy helando – dice la chica – eh, elfa, haz algo para darnos calor sin necesidad de hacer luz.

- Necesito tener las manos libres para hacer el encantamiento.

- Está bien, pero no hagas ninguno de tus trucos. – La humana afloja los nudos de mis ataduras. – De todas formas, esta runa – dice, enseñándome una runa mágica – te mantendrá atada a este lugar y no podrás teletransportarte, así que date prisa con el calor. Total, ¿qué truco puede hacer un mago sin poder usar la magia? ¡Jaja!

- Yo no soy un mago.

Un puñetazo en la mandíbula pone fin a las elucubraciones de mi interlocutora.

- ¡Maldita elfa de sangre! – grita el amante de la humana, que aparece de la nada – ¡Pagarás por lo que has hecho!

Agarro mi maza, ahora en la arena, y le propino sendos golpes al humano, que se mueve ágilmente. Se pone a mi espalda en un descuido y consigue golpearme en los riñones. El dolor del puño y de la espalda me hace marearme, pero no cejo en el empeño. Un certero golpe de mi maza en la cabeza deja aturdido a mi oponente, que se desploma frente a mí.

Las tortugas miran las escena, absortas. Algunas se esconden dentro de su caparazón. Respiro pesadamente y me da vueltas la cabeza. El dolor de mano es insoportable, debería practicar más la lucha sin armas.

Y sale el sol.

El amanecer me hace darme cuenta de que estoy cubierta de sangre por la lucha y de que los cuerpos de la pirata y de su joven amante están tirados en la arena, terriblemente desfigurados por los golpes. Lo hice sin querer, lo juro. Tenía que defenderme. Sólo oigo mi respiración y no pienso bajar a comprobar si ellos respiran, así que me marcho hacia el norte. A lo lejos veo el barco en el que me mantenían cautiva, con los piratas (imagino) aún dormidos y con la resaca del día anterior. Y al lado del barco, un pequeño poblado, imagino que territorio pirata.

Me adentro en el pequeño bastión en busca de mi caballo y mi reluciente armadura. Muchos piratas aún duermen, otros vaguean a pesar de que aparentan hacer la guardia. Entro por la puerta y no me importa seguir derramando sangre. Repica una campana, alguien ha visto mi matanza y dan el aviso. Uno a uno, sucumben ante el poder de mi maza. Ya he derramado sangre de los vivos, no me importa seguir haciéndolo. Mi mente entona un cántico de sagrada venganza en cada mazazo que asesto.

Veo a mi corcel en el establo. Me monto en él y miro atrás mientras dejo el poblado: Está totalmente vacío. Los he masacrado a todos. Bueno, a todos no.

Un pirata cojo corre a verme salir del poblado: se dirige al barco donde aún descansan mis captores. Azuzo a mi yegua para que le persiga, y de pronto es atraído por una fuerza de origen desconocido.

El pequeño pirata es atacado ferozmente por una mole helada. Se ve infectado por todas las enfermedades posibles y por algunas imposibles, y, al fin, sucumbe a la muerte en una agonía terrible. El caballero de la muerte me mira tras acabar con su víctima, asombrado. Y el druida, a su lado en forma de león, sonríe en una sonrisa felina.

- ¿Tú has hecho todo esto? – pregunta Ragingblade, incrédulo ante la desolación que observa.

- Claro.

- ¿Qué esperabas, amigo mío? – contesta el druida – Si es un paladín.

elmerynover

25
oct
09

Tiempo: De la misión diplomática

Han pasado cuatro días a caballo desde que dejamos Quel’Thalas. He dejado atrás la ciudad de mi infancia y he atravesado con Mograine las temibles Tierras de la Peste. Al principio me sentía un poco ridícula por no haber salido nunca de Lunargenta y no saber apenas nada del ancho mundo de Azeroth, pero tras atravesar los vastos bosques llenos de lobos, arañas y ¡babosas! he dejado de sentirme ridícula para empezar a sentirme contrariada por emprender un viaje tan largo, y, sobre todo, tan peligroso.

Mograine habla poco durante el viaje. Cerca de la Capilla de la Esperanza de la Luz, donde nos detuvimos hace dos noches, nos encontramos con uno de sus caballeros y con un mensajero. Los dos son taurens altos, poderosos. El caballero de la muerte al servicio de Mograine es oscuro igual que mi maestro: Sus ojos brillan pálidos, vacíos y fríos. Le he pillado mirándome fijamente varias veces, como si me conociera de algo. Pero eso no es lo más espeluznante que hay en él: cuando llega la noche y es la hora de dormir, ni él ni Mograine duermen. Cuando paramos para comer, no comen. Supongo que cuando estás muerto no necesitas comer ni dormir. En cambio, el otro tauren es amistoso y cortés, aunque a su manera: es un druida, un metamorfo de la escuela druídica de mis parientes lejanos de Kalimdor. No me ha dicho su nombre, y aunque sonríe a menudo, está más ocupado en salvar cervatillos infectados y en encontrar hierbas para aliñar la poca e infecta carne que consigo cazar, que en charlar conmigo. Teniendo en cuenta que el druida sólo come hierbas y que yo no cocino muy bien (y que los caballeros de la muerte no necesitan comer), me estoy alimentando muy mal y rezo a los poderes divinos  por llegar pronto a Entrañas y comer, al menos, algo caliente.

Aún no he aprendido nada de la Luz ni de los Poderes. Espero comenzar mi entrenamiento pronto, y sobre todo, espero encontrarme contigo cuanto antes.

- Ven, Elmeryn – dice Mograine.

- ¿Señor?

- Recoge tus cosas y ayuda a Ragingblade a recoger el campamento. Nos acercamos a Entrañas y antes de partir hacia Rasganorte quisiera entrevistarme con la Dama Sylvanas. La Reina Alma en Pena no gusta de los de tu raza, le trae malos recuerdos de su vida, así que no la mires a los ojos, no hables, y, sobre todo, intenta pasar desapercibida. ¿Entendido?

- Sí, señor.

Atravesamos los muros del antiguo Lordaeron, ahora derruidos tras la llegada de la Plaga al antiguo reino de los hombres. La capital de los nomuertos ahora está instalada bajo tierra, en las antiguas catacumbas de la ciudad, donde antaño descansaron los grandes reyes, bajo el trono de Terenas. Lo leí en los libros.

Tras las gigantescas moles que guardan la ciudad se muestra ante nosotros el barrio del comercio de la capital de los Renegados. Es un hormiguero de huesos que se mueven al son de las monedas de oro, un ir y venir de cucarachas, de mortacechadores y de murciélagos, y todo a la mortecina luz de las farolas que resplandecen, reflejándose en el verde añublo que forma canales. La ciudad nomuerta está tan rebosante de vida gracias al comercio que hasta los goblins han avistado negocio y han abierto una salón de belleza.

Tras el barullo se abren los anillos exteriores de la capital, y en un recodo de éstos, el Barrio Real. Tras un pasillo infinito, como guardando a un ser superior, casi divino, hay una fina figura sobre un pedestal.

- Saludos, mi Señora.

- Mograine – contesta una voz ronca, pero sin duda femenina -, creía que estabas en Rasganorte. ¿Qué nuevas me traes?

- Me encuentro en una misión diplomática. He recorrido todas las capitales de la Horda, y sólo quedaba por visitar Entrañas. Vengo a pedir apoyo en este último asalto a la Ciudadela de Corona de Hielo.

- ¿Diplomacia? ¿Desde cuándo usas la diplomacia? Seamos claros: tú y los tuyos, igual que yo, buscáis la venganza. Tenemos un objetivo común, Mograine, pero no dejaré que te lleves el mérito. Yo misma asaltaré el bastión de Arthas, le daré un final peor que la muerte y obtendré mi venganza. Ya he ordenado un transporte a Rasganorte, puedes ir conmigo si lo deseas. ¡Pero que me hables de diplomacia! Francamente, Mograine, desde que te aliaste con Vadín y sus fanáticos de la Luz sólo…

Y entonces la vista de Sylvanas se clava sobre mí.

- ¡Elmeryn! – me reprende Mograine, imagino que por mirar fijamente a la Dama Oscura.

- ¡Aparta! – ordena Sylvanas al caballero de la muerte – dame lo que tienes en la mano, niña.

Extiendo el brazo y muestro unas piedrecitas que encontré en las Tierras de la Peste.

- ¿De dónde has sacado esto?

- Ehm, mi Señora, yo, estaba… cazando y… me atacó. Un necrófago. Lo maté. Tenía… estas piedras. Las guardé, no sabía lo que eran.

Sylvanas inspecciona con atención las piedras, reconociendo la energía que fluye de ellas. Murmura un encantamiento y las piedras dejan de brillar.

- ¿Sabes que esto podría haberte matado?

Bajo la mirada, turbada por aquella aseveración.

- Tu paladina es valiente, Mograine, el necrófago podría haberla destrozado. Parece que Vadín aprende de vosotros y por fin convierte a sus muchachos en hombres de guerra en lugar de fanáticos desquiciados.

- No es alumna de Vadín, sino que está a mi cargo. Y sí, es valiente, pero no es eso lo que vine a discutir.

- Esas piedras… – murmura Sylvanas, ignorando a Mograine – tienen una magia muy potente, y me temo que sé de dónde las obtuvo la Plaga. Pero ahora no tengo tiempo de ir al lugar de donde provienen. Debemos ir a Rasganorte.

Una súbita energía se apodera de mí.

- Mi Señora, yo iré. Ocupaos de vuestros asuntos en Rasganorte, yo iré donde la Dama Oscura me ordene, por el parentesco que nos une.

- Podría hacer que te apresaran y te dieran de comer a los perros por mencionar a mi parentela – contesta Sylvanas con una voz que podría helar el aire – y sobre todo por hablar sin permiso. Pero si tan valiente eres, te daré tu oportunidad. Irás al Templo de Atal’Hakkar, en el Pantano de las Penas, a desvelar el secreto que se encuentra tras estas piedras.

- ¡No puedes! – dice Mograine – ¡Es sólo una niña! ¡La enviarás a su muerte! Y además, ¡esta niña está a mi cargo!

- Ya que es tan importante para ti, caballero de la muerte, la dejarás ir. Del éxito de su misión depende que mi ejército se presente en Corona de Hielo. Tómalo como una apuesta. Y otra condición pongo: no podrás ir con ella.

La espada, los ojos, el cabello, todo Mograine estalla en chispas heladas de la indignación.

- Está bien, Elmeryn. Partirás hacia el Templo de Atal’Hakkar, pero no irás sola. El druida te acompañará. Podéis tomar el zeppelin que hay a la salida de la ciudad. Y ahora, ¡marchaos! Más vale que desaparezcas de mi vista ahora, Elmeryn Caminante del Sol, antes de que invoque a una legión de necrófagos para castigarte por meterte en líos. Te esperaré en Rasganorte y, si sales con vida de tu aventura, serás una pupila digna de mí y no una joven elfa insolente.

Lloro. Lloro mucho, porque me siento muy triste por haberme metido en un lío y haber perdido al mejor maestro del mundo, y porque el añublo de la ciudad hace que me escuezan los ojos. El druida está callado y visiblemente a disgusto. Tomamos el zeppelín, en el que un alegre goblin intenta venderme artículos exóticos provenientes de lejanos continentes, pero yo no tengo ganas de comprar. Ahora no, quizá a la vuelta. Si vuelvo.

Llegamos a Grom’Gol, un asentamiento trol junto a la costa de Tuercespina. Me subo en mi caballo y salgo del poblado, corriendo como el viento. Y de pronto, me distraigo viendo un barco cercano y mi montura pisa algo. Una trampa en la arena, me siento como un pescado en una red. El druida corre hacia mí, pero mi captor es más rápido.

- Mira lo que tenemos aquí.

Un golpe, y oscuridad.

03
oct
09

Tiempo

Han pasado sólo unas horas y parecen años.

Contemplo la ciudad con su vasta cicatriz de cenizas, los blancos muros derruídos, desde mi ventana. Una torre cercana refleja la luz dorada del sol que se alza al este. La misma imagen que dicen que viste cuando te marchaste, desde aquel camino que da a las ahora renombradas como las Tierras Fantasma. Han pasado años desde entonces, y parecen siglos. Y en mi habitación, que aquel día en el que te marchaste producto de un súbito pálpito se encontraba llena de necrófagos, preparo mi armadura de cadete y la vieja espada de entrenamiento que me regalaste cuando cumplí los 15 años.

He pasado estos últimos tres años reconstruyendo tu ciudad, haciendo que Quel’Thalas brillara de nuevo, por ti y por los nuestros que se marcharon. Los ataques eran tan constantes al principio que tuve que aprender a matar con mi vieja espada de entrenamiento, la misma que ahora envaino y prendo de mi cinturón. Qué equivocada estaba pensando que habías muerto, cómo pude no darme cuenta de que los verdaderos héroes nunca mueren.

Hace unas horas llegaron mensajeros desde Rasganorte, el Rey Exánime se prepara y la Cruzada Argenta y sus nuevos aliados, los Caballeros de la Espada de Ébano, planean su ataque sobre la Ciudadela de Corona de Hielo. Me asomé por curiosidad y descubrí a dos aguerridos individuos, un caballero de la luz y una sombra que me heló la sangre. Venganza, venganza por los míos, decía mi corazón al verles, y el Caballero de la Muerte que acompañaba al mensajero argenta pareció leer hasta el último de mis oscuros sentimientos. Sentí que me comprendía, y que era capaz de leerme la mente, saber de todos aquellos días en los que luché contra lo que quedaba de la Plaga en Quel’Thalas con toda mi rabia y mi odio, porque me encontraba sola. El paladín a su lado, un humano de cabello claro, me miró, sus ojos se clavaron en los míos y su mirada me hizo pensar en los niños que salvé, en los incendios que sofoqué y, sobre todo, en la primera vez que cogí tu espada, la que me regalaste, para defenderme a mí y a todo lo que me importaba.

- Acércate, niña – dijo el caballero de la muerte. Su voz sonó como un cristal roto.

Lady Liadrin me escrutó con cierta displicencia mientras me acercaba, como si fuera otra huérfana más. No sabía que tenía sangre real, y tampoco creo que le interesara. A mí tampoco me interesaría que se supiera que soy familia de un traidor.

- Ella está en Dalaran.

Sentí una punzada. No podía ser. El sufrimiento de todos estos años, toda esta amargura y la sed de venganza despareció. El oscuro caballero ya no me helaba la sangre, ahora comprendía. Y sólo una pregunta: ¿Por qué?

Sentí el tintineo de mi espada de cadete, prendida del cinto, pues en estos días uno nunca sabe con qué tendrá que enfrentarse. Dalaran, la ciudad de los magos, a las puertas de la Ciudadela de Corona de Hielo, era desde aquel momento mi destino.

- Señor, ¿me llevará consigo? Tengo fe en la Luz – dije, dirigiéndome hacia el Paladín.

Lady Liadrin fue a abrir la boca para protestar, pero el caballero de la muerte la interrumpió con un gesto serio.

-Me temo que el Cruzado no puede asumir tal responsabilidad en este momento, pequeña. Sin embargo, los Caballeros de la Espada de Ébano no obedecemos a nadie que no seamos nosotros mismos. Ven conmigo si lo deseas, antaño fui un paladín de la Luz y puedo enseñarte algunas cosas, y con el tiempo, tal vez el mismísimo Tirion Vadín quiera tenerte como pupila. Pero te advierto que no va a ser un camino fácil. Conocerás la Luz a través de las sombras, y tendrás que luchar, ése es el único requisito que te pido, que estés dispuesta a dar tu vida en el campo de batalla. Prepara tus cosas, marchamos al amanecer.

El cruzado rió ante la ocurrencia de su compañero.

- Por la Luz, ¿sabes en qué lío te estás metiendo? ¿Vas a llevar a una niña al centro de una batalla?

- No menciones a la Luz tan a la ligera, compañero – dijo el oscuro caballero -, pues bien deberías saber que la Luz elige a aquellos que han de servirla independientemente de su raza, edad o capacidad intelectual. Sin duda, Tirion se dio cuenta de ello cuando te asumió como pupilo.

Las últimas palabras pusieron un poco nervioso al paladín, que no volvió a hablar nada más. Lady Liadrin, que no pudo reprimir una risita ante el comentario, me hizo volver a casa y me ordenó empaquetar mis cosas hasta que llegara la hora de marchar.

Llevo la mochila llena de viejos recuerdos, esperando poder enseñártelos algún día cuando llegue a Dalaran. Me encuentro con mi nuevo maestro montado en su corcel oscuro a las puertas de Lunargenta, me han preparado un pequeño caballo para que pueda cabalgar junto a él. Marchamos a Rasganorte, me dice, y es un viaje muy largo, así que me han buscado una silla de montar cómoda, si bien tras muchas horas a caballo no existen las sillas de montar cómodas. No me importa, mi esperanza y mi espada están listas para recuperar aquello que Arthas me arrebató un día, y ni siquiera una silla de montar es capaz de desmoralizarme.

Por el camino hacia Entrañas, caminando hacia el Este mientras el sol se eleva, mi maestro y yo caminamos juntos hacia una victoria segura, y hacia un reencuentro que espero sea cercano.

- ¿Cómo te llamas, niña?

- Elmeryn, Elmeryn Caminante del Sol, señor.

- Eres de la estirpe de Kael’Thas.

- Sí – digo tímidamente.

- No te preocupes, no todos estamos orgullosos de lo que somos.

- ¿Cuál es su nombre, señor?

- Mograine. Darion Mograine.

- Mograine, ¿veré a mi hermana antes de que todo acabe?

- Sólo el tiempo lo dirá, pequeña.

Tiempo. Es cuestión de tiempo.




Twitter


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.