por mack80

Mhack - Elfo de sangre cazador nivel 80 (Mhackarrón, Mhanko, Mhack te ama…)

- Madre, ¿por qué entiendo el idioma de los cuervos?

- Nadie puede hablar el idioma de los animales. Además, no hay cuervos en Quel’Thalas, hijo mío. ¿De dónde sacas eso? Deja de leer historias…

Pero el joven Mhackezas sí había visto un cuervo en Quel’Thalas. Posado en su ventana, contra el sol del mediodía, una figura estilizada y negra. Y grande, muy grande a los ojos de un pequeño elfo como él.

Lo que aquel cuervo le dijo a Mhack, nunca lo diría a su madre. Pero sabemos que le anunció una era de destrucción si él, un joven muchacho de Lunargenta, no hacía algo. Estaba predestinado: “La sangre de un Dios se derramará sobre Azeroth, abandona tu casa y a tu familia esta noche, ve a la Vega de Tuercespina.” Aquellas palabras resonaron en su cabeza, y en mitad de la noche el joven Mhack se deslizó entre las sombras y huyó de su amada ciudad. Volvió la vista atrás y la contempló por última vez, orgullosa en medio de la destrucción que la había llevado a la decadencia, pero sus torres y jardines aún con la belleza de la que otrora presumieran sus habitantes, y prosiguió su camino por las Tierras Fantasma hacia el sur.

Incontables pasos guiaron su camino hacia la Vega de Tuercespina. Allí encontró a un experto cazador, Tancen, que le enseñó a hablar el idioma de los animales, a preparar venenos con colmillos de serpientes y a neutralizarlos dentro su cuerpo. Pasaron unos años sin más compañía que los animales, sin escuchar más sonido que el de los pájaros, viviendo de lo que la naturaleza les brindaba, asistiendo al espectáculo del ciclo de la vida, ocultos en la espesura. Mhack vio a pocos humanoides en ese tiempo, pero cuando algún extraño se sentaba junto a su lumbre y él pedía alguna historia del vasto Azeroth, le advirtieron de la guerra que existía entre los clanes de los trolls. En más de una ocasión, el antiguo y decadente Imperio Gurubashi había amenazado el cercano puesto de Grom’Gol, asentamiento tradicional de los Lanza Negra, ahora en poder de la poderosa Horda. Desde Zul’Gurub se pretendía recuperar el tiempo perdido, reunificando a todas las tribus de trolls en un sólo gobierno que mandaría con mano de hierro bajo el auspicio del despiadado Hakkar.

Una mañana, mientras Mhack cazaba, una partida de trolls desconocidos le abordó en mitad de la selva. Años de entrenamiento le habían convertido en un experto tirador, y aunque varios trolls cayeron tras recibir una flecha certera, la magia vudú de sus sacerdotes era demasiado fuerte. Mhack fue vencido, hecho preso y llevado a Zul’Gurub.

Los trolls no eran precisamente unos anfitriones excepcionales: le mantuvieron completamente inmovilizado durante tres días, tiempo en el que su compañero Tancen le localizó y pudo saber por éste, que le hablaba a través de los pájaros, que sería ofrecido como sacrificio en el ritual de invocación a Hakkar, el Dios de la sangre.

Llegó la medianoche, momento en el que los trolls esperaban el advenimiento de Hakkar, su Dios. El profeta Jammal’an le dio un fuerte veneno y ofreció su carne al sanguinario Dios, mientras le practicaba una profunda herida en la mano, haciendo que fluyera la sangre. Mhack sentía el veneno ardiente quemar sus entrañas, pero entró en un profundo trance y consiguió neutralizar en su cuerpo el espeso brebaje. En aquel momento, mientras Hakkar volvía al mundo de los vivos, Mhack gritó.

De un salto, se levantó del pedestal donde le habían recostado, y con una fuerza renovada, asió el cuchillo del profeta y lo hundió en la horrenda figura de Hakkar, que resultó herido mortalmente. Parte de la negra sangre del Dios cayó sobre Mhack.

Todo quedó en silencio, y Mhack, de pie en el altar de rituales, asistió a un espectáculo. Todos los trolls allí presentes se inclinaron ante él y le llamaron Dios. Pero conociendo las cuanto menos curiosas costumbres alimenticias de los trolls, y lo jugosa que debía suponer la carne de una supuesta divinidad para aquéllos, decidió usar su recién adquirido status antes de que alguien pensara en comérselo. Y así se dirigió a su audiencia:

- Oh, noble pueblo Gurubashi. ¡Incontables años habéis sufrido el acoso de vuestros enemigos! ¡Pero nunca más! ¡Yo soy Mhackezas de Lunargenta, vuestro Dios, sangre de la sangre de Hakkar! Y como su manifestación en Azeroth, debo marchar para derrotar a los falsos Dioses y anexionar al resto de Azeroth a nuestro territorio. Pero yo digo, ¡volveré! ¡Volveré para devolver la gloria a nuestro pueblo!

Y en ese momento, con la presteza de sus recién adquiridos poderes, ya que había mezclado su sangre con la del mismísimo Dios de la Sangre, Mhack se deslizó entre la multitud como una brisa ligera.

Partió hacia Grom’Gol, donde su amigo Tancen ya le esperaba. Sabía de su destino porque los pájaros se lo habían contado, y una deuda de secretos les unía. A partir de ese momento, irían juntos en busca de nuevas aventuras, pero sobre todo donde los Gurubashi no los encontraran.

Ya en el zeppelín de camino a Orgrimmar, Mhack pensó “Quizá debiera volver a Quel’Thalas y abrazar a mi madre”.

No se fijó en el cuervo.

De Miriël para Mhack, con cariño.


2 Respuestas a “Mhack”


  1. 1 mack80
    julio 24, 2009 a las 12:23 pm

    gracias miri, se sale ^^

  2. 2 Miriël
    julio 24, 2009 a las 1:18 pm

    De nada, se ha escrito sola. Eran los dioses…


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